miércoles, 28 de marzo de 2012

Hotel Palace


"¿Cómo podría contarlo? El viajero se ha quedado tan perplejo, tan mudo y desconcertado, que no encuentra las palabras para contarse a sí mismo lo que está viendo; cuanto más para contárselo a los que lean su viaje. El viajero lleva ya más de dos horas despierto. El viajero se ha bañado y ha tomado dos cafés, aparte de recorrer toda la vega del Támega, que tampoco es un paseo, pero todavía duda de si no seguirá durmiendo; tan impresionado está de ver esta maravilla que se alza en medio del bosque y que parece, más que real, pintada sobre el paisaje. Porque lo que el viajero tiene ahora frente a él no es un hotel, ni mucho menos un edificio, por más que así se presente, sino el sueño de un país que quiso empezar el siglo mostrándole a toda Europa su poder y su grandeza. Aunque su poder durase lo que duró el oro de sus colonias y su grandeza lo que lo hizo la vergonzante tutela inglesa que mantuvo en sus palacios a los últimos reyes portugueses: Pedro V, del que se dice que murió de melancolía (en realidad lo fue de tuberculosis), Luis I, el violenchista, y el último, Carlos I, apreciable pintor de acuarelas y amante de la arquitectura, tras cuyo asesinato se estableció la República justo cuando en Vidago se inauguraba la que sería su última gran obra como rey: el Hotel Palace.
Dicen que, cuando se inauguró (en 1910), el Palace erra el hotel más lujoso y romántico de Europa. Quizá lo siga siendo todavía, a tenor del lugar en que se encuentra y de la grandiosidad y magnificencia que impregnan todo el conjunto y que alcanzan su máxima expresión en el vestíbulo y en la gran escalinata principal que da acceso a los pasillos y a los inmensos salones en los que los espejos y las estatuas contemplan indiferentes el transcurrir de las horas y las idas y venidas de la gente. Porque, al contrario que el Gran Hotel, el Palace está lleno de bañistas que pasan aquí el verano o algunos días de vacaciones y de personas como el viajero, que simplemente vienen a verlo. Lástima que no les dejen mirar las habitaciones donde se alojan aquéllos a razón de 20.000 escudos diarios, sin contar las comidas y otros gastos.
- ¿Y el comedor?
- Sí, pero sin tocar nada, por favor  -le dice una camarera que está con dos compañeras preparándolo para el almuerzo.
 
El comedor, los pasillos, el viejo salón de té, hasta la cafetería y los baños son museos hermosísimos, decorados de una época de ensueño que se perdió con el siglo, pero que rememoran a cada paso los muebles y las pinturas y unos dignísimos empleados que parecen sacados de un teatro y a los que el viajero envidia su suerte: por trabajar aquí y por cobrar por hacerlo. Aunque a decir verdad, al que el viajero envidia realmente, más incluso que a los huéspedes, es al niño que vigila la piscina, un muchacho de apenas trece años, pero vestido ya de hombrecito (pantalón corto, calcetín alto y chaqueta con corbata y pasador), que contempla la mañana sentado bajo los árboles mientras los bañistas sudan y se tuestan al sol como lagartos. Él sí que está en la gloria; él sí que es un privilegiado, aunque los bañistas piensen que lo son ellos.
- Te cambio el puesto chaval.
- No puedo  -responde el niño, sonriendo de oreja a oreja."
 
Libro: Trás-os-Montes (un viaje portugués)
Autor: Julio Llamazares

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